13 de febrero, 2007

La historia que narro sucedió en Berlín. Después de haber visitado las principales ciudades de Alemania y de degustar su gastronomía, cerveza y buenas gentes del país, me dispuse a acabar mi estancia donde la comencé, en Berlín.

Era mi último día y quise ir solo a un determinado lugar donde mis acompañantes no quisieron, no les apetecía o no se atrevían .Me introduje en un barrio de los que me gustan, bohemios y perdedores casi todos y allí transcurrió la historia.

Me metí en una cervecería en la cual había desde hindúes, hasta una gente extraña con túnicas blancas, pero la mayoría eran alemanes. Yo me coloqué al lado de la puerta y con la espalda cubierta por la pared, desde donde tenía una buena visión para ver el comportamiento de las personas de aquella cervecería.

Fue así como vi enfrente de mí a 4 individuos de más de 40 años que pedían una cerveza tras otra, con grandes risas. Se unió a ellos una mujer, que pidió otra cerveza y más tarde una infusión, y luego se unió otro sujeto más para mayores risas. Justo a mi izquierda estaban sentadas 2 señoritas y noté que me querían decir algo y lo hicieron, ni las entendía, ni me fiaba. Así pues me quedé mirando a las personas que tenía enfrente, anteriormente citadas, todos coincidían en algo, eran unos PERDEDORES DE LA VIDA QUE CON SUS RISAS DISIMULABAN SUS PENAS. La mujer lo mismo y también un hombre muy bajito que entró por la puerta con una señorita muy alta y de buen ver, lo cual no me cuadraba, me imagino que sería cuestión de dinero, aunque el amor, es el amor, pero esta vez no era así, noté como la mujer alemana estaba inquieta y disgustada y no eran un a pareja normal, tendría que pagar, el señor bajito, por unos servicios.

En este marco me encontré y quise reflexionar en que trabajarían los hombres de las grandes risas ficticias y, riéndome yo solo, me imaginaba al hombre del medio, fuerte él y cabezón, como cartero de lunes a domingo; al de su derecha, alto y espigado, lo imaginaba como jardinero de una comunidad de vecinos; al de la izquierda lo imaginaba como basurero de una zona de gays; el que se incorporó tenía escrito en su frente que no sabía ni donde vivía, con lo cual difícil imaginar su trabajo, y la mujer, haciendo favores a los perdedores de la noche, si no nunca se metería allí, a esas horas y entre tanto frustrado de la vida.

Pero quien de verdad despertó mi atención y admiración fue un señor que se encontraba casi aislado junto a una columna. Me costó mucho entender como era esta persona, pues tenía una sonrisa burlona majestuosa. Parecía que tenía el hábito de mirar fijamente al resto de gente, como yo, y su sonrisa burlona, me atraía cada vez más. Creo que se reía del despropósito de la vida de los mencionados anteriormente, sonreía y llenaba su vaso de cerveza con una gran destreza y con mucho estilo, el otro brazo apoyado en la barra dejaba caer su larga mano, para ser menudo y de poca estatura su mano era alargada y sobre todo sus dedos, ese brazo lo mantenía inmóvil y junto a su sonrisa burlona y picaresca de observar al gentío y escuchar su griterío, me llamaba la atención más su mirada, a veces inmóvil, con unos grandes ojos y nada agresivos, más bien de paz y desinhibición.

Estaba el hombre relajado, así lo demostraba su postura y su ligereza para llenar su vaso de cerveza. Era, a su vez, muy comedido y mantenía un gran respeto por el entorno, que cada vez se hacia más tenso, principalmente porque justo detrás del hombre del brazo apoyado en la barra, se estaba jugando una partida de cartas y parecían enfadarse cada vez más. Pronto me di cuenta de que se trataba de una partida de cartas con dinero de por medio, lo curioso es que yo estaba relativamente alejado, pero el señor, a quien por fin vi bien el rostro pues se encendió un foco, me llamó la atención por su peinado, era con raya en medio y tenía un bigote muy sutil. Pensé entonces que ese rostro, con esa tranquilidad y, sobre todo, su mano alargada, pertenecería a un hombre que se dedicaba a las bellas artes, quizás piano, pintor, escultor o algo semejante, pero no era un perdedor.

Ante los gritos de los jugadores mostraba un gran respeto, como espectador de primera fila. Quizás su sonrisa burlona procediera de la costumbre de mirar y sonreír cuando advertía un error en la jugada de alguien, pero era muy cauteloso y sutil para respetar a los jugadores, pues la sonrisa burlona la hacía para si mismo y se daba la vuelta para no molestar. Tenía una gran abstracción radical de todo el entorno, indudablemente efectiva, junto con una gran entereza psicológica.

Un grito desgarrador de uno de los jugadores hizo que los presentes dejaran de reír e incluso de hablar. Según creí entender perdió mucho dinero y quizás algo más. Entonces se formó una trifulca, hubo agarrones y empujones entre varios de los jugadores pendencieros. En una de las bravatas y empujones fueron a chocar contra el hombre de las bellas artes y su cabeza chocó de frente contra la columna que estaba junto a él, pero no se inmutó y pidió otra cerveza. Desde la botella, llenó otra vez su vaso con una tranquilidad palpable y con más estilo que las anteriores, mientras detrás de él había ya una pelea en toda regla.

La gente se apartó hacia un lado asustada, pero el hombre se mantenía frío como el hielo y sobre todo seguía con su sonrisa burlona que, particularmente a mí, que estaba más alejado y al lado de la puerta para poder escapar en caso de causa mayor, me daba cierta tranquilidad. Mientras otro empujón por la espalda fue a parar al hombre de mano alargada, con peinado de raya en medio y brazo inmóvil sobre la barra, y bebió un trago con esa sonrisa burlona, pero esta vez fue más palpable que no le había gustado, PORQUE LA BOTELLA DE CERVEZA QUE ESTABA A MEDIAS CAYO AL SUELO.

Cuando uno de los hombres, que era quien llevaba todo el dinero de la partida jugada, se disponía a tomar dirección hacia la puerta, se tropezó con el maestro de bellas artes y LE TIRO SU VASO DE CERVEZA, entonces, con una destreza fuera de lo normal y nada común, sacó de su chaqueta algún objeto punzante y con una rapidez diabólica le dió un corte en el cuello, para luego atravesar su corazón. Saltó la sangre como si se tratara de una manguera. El jugador de cartas se desangraba en el suelo por la sangre que le salía del cuello y el punzón que permanecía clavado en su corazón, el hombre de las bellas artes retomó su posición tal cual estaba antes de la pelea y se quedó quieto. Todos salimos del local despavoridos y asustados.

Para mi no se trataba de una psicosis crónica, la del hombre de las bellas artes, ni tampoco habría tenido, a buen seguro, una infancia de severísima educación en orfanatos, que le dejó marcas imborrables para el resto de su vida que pudieran haber sido mitigadas con un tratamiento, SOLO CREO QUE AL SEÑOR LE TIRARON SU CERVEZA Y LE EMPUJARON 3 VECES Y QUE ESTABA MUY TRANQUILO Y LE PERTUBARON SU PAZ DE BUEN SAMARITANO.

Lo más seguro es que ¿Quién sabe? ¿Y quién es quién?